lunes, 10 de febrero de 2014

Entre cicatrices

"Estoy harta de luchar en vano en esta sociedad que me enjaula, que me corta las alas. Queréis verme caer y al final lo vais a conseguir. Por eso os digo, que extendáis vuestras manos y aplaudáis. Ya tenéis lo que tanto ansiabais. Un alma vacía. Queríais verme caer, y lo habéis logrado, pero no solo conseguiréis eso. Vais a verme cavar mi propia tumba. Enhorabuena, hijos de puta. Sólo miráis desde vuestra ventana de orgullo, y tranquilos, desde allí veréis salpicar mis gotas de sangre sin llevaros una sola mancha. Podréis sentir el tacto de mi muerte sin tener que manchar vuestras manos" - Escribía mientras las lágrimas mojaban su cerdo de peluche. Sí, ese tan bonito que le regaló aquella anciana que solía ser amiga de la familia, hasta que les dejó...
Más tarde, se acercó a la ventana de su cuarto, desde donde se veía la ciudad entera. Leyó la carta y añadió algunos comentarios y agradecimientos a su perro, que la acompañaba todas las noches mientras ella se rasgaba la piel con aquella cuchilla oxidada.
Se sentó al borde de la ventana, abierta. Miró fijamente sus rodillas, y también al vecino de en frente, que ni se inmutó de su presencia, ya que fijaba toda su concentración en la pantalla del ordenador. Tal vez jugaba al GTA, o al Assassins.
El tiempo corría en su contra, la arrastraba. Se ponía nerviosa y su pulso aceleraba. Le temblaban hasta las pestañas. Empezó a recordar aquella canción que tanto la había ayudado a superar cada infierno, cómo no, era de Nach. Siempre escuchaba Nach para evadirse, pero esta vez, ni la música era capaz de llenar su alma vacía por los desengaños, nada era capaz de materializar sus sentimientos. Incluso dudaba de ser capaz de sentir. Estaba muerta por dentro. Por eso decidió morir también por fuera. Porque una persona sin alma, no es una persona.

Llevaba unas horas sentada en aquella ventana de aquel edificio. Los segundos pasaban como los cuchillos descuartizan a las víctimas del maltrato animal en las plazas. Tajantes. Las dudas inundaban su mente. Había llegado a un punto en el que no sabía cómo actuar. No quería hacer daño a nadie más, pero para ello tenía que hacérselo a sí misma. Por ello optó por saltar. Cogió el impulso más difícil de su vida, dio el salto más grande de su vida, y también el último.

Quedaba sin aliento, por la adrenalina que expulsaba su cerebro, mientras su corazón daba unos latidos de pánico.

07:00. Sonó el despertador. Entonces Marina despertó, abrió los ojos y rompió a llorar. Su infierno no terminaba ni en sueños. Le tocaba vivir otro día más sin sentido. Otro día más, rasgando sus muñecas. Otro día más entre sus cicatrices y sus manos.


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